lunes, 19 de mayo de 2008

Relojes

Durante un periodo de año y medio estuve trabajando en un pueblo cercano que suponía tener que desplazarme en tren. De la estación al puesto de trabajo había un cuarto de hora andando teniendo que recorrer una de sus calles principales hasta desembocar en la magnífica Plaza Mayor.
La rutina de todas las mañanas hacía que casi fuese conociendo a todos los que hacíamos ese recorrido. De hecho localicé varios "relojes": esa gente que te cruzas todos los días en el mismo sitio a la misma hora y que te sirven para saber si ese día vas tarde.
Entre ellos había un grupo de personas muy especiales. Solía encontrármelos ya casi en los soportales y a veces esperando a alguien del grupo, cuando mi tren llegaba un poquito antes. Y siempre lo que más me llamaba la atención era sus sonrisas: las nueve y media de la mañana y estaban sonriendo. Después de ver un montón de gente en la estación esperando el tren con el gesto serio, con cara de haber dormido poco, con la cara de ir a trabajar o de afrontar un día duro teniendo que desplazarse, ellos estaban contentos.
Eran los únicos que tenían la alegría en el rostro, eran felices, incluso en esas mañanas de invierno frío y con niebla. Por eso siempre me sorprendían tanto, por su sonrisa.
Ese grupo de personas eran disminuídos síquicos. Pero yo no pude nunca dejar de pensar que los auténticos disminuídos éramos todos los demás.

4 comentarios:

  1. Pues yo conozco a uno que ahora también va con una sonrisa por la mañana, por la tarde, en el metro...

    También va con ojeras.

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  2. Ya sabes, ninguna buena acción escapa sin castigo, juas.

    Ten cuidado con los escalones ;-)

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  3. La verdad es que por las mañanas me cuesta sonreir aunque reconozco que salir por la puerta del colegio y correr hacia el metro camino del trabajo tiene un componente de liberación que termina por provocarme la sonrisa ;).

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  4. Sí, conozco esa sensación, pequeñas satisfacciones incomprensibles para los que no se han reproducido..., el difícil binomio madre-persona, la ficción de que el cordón umbilical sí se cortó..., al menos por unas horas.

    Ja, ja, ja, gracias por recordármelo;-)

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