jueves, 10 de julio de 2008

Found in translation (crónica sentimental viajera)

(largo, muy largo, con fotos que tardarán en cargar y digresivo, advierto)

Cuando aterrizamos en el aeropuerto internacional de Narita después de catorce horas de vuelo, escala en París incluida y el sueño sin saber dónde se llegaba, nos recibió una tarde gris y lluviosa. Los 25º esperados se convirtieron en 16º y la impresión de ver circular a los coches por la izquierda, con la lógica consecuencia de tener que subir al autocar por el lado contrario a partir de entonces, no auguraba nada bueno. Los setenta kilómetros que separaban el aeropuerto del hotel se hacían eternos gracias a la disciplina japonesa de no rebasar el límite de velocidad.

La sorpresa de entrar a Tokyo atravesando puentes y calles con canales insospechados contribuía a la sensación de irrealidad contínua que parecía que iba a ser una constante en el viaje. Qué va. Personalmente este viaje me ha servido para entender, a mi manera, y admirar a los japoneses, al menos desde el punto de vista del visitante.


Vista desde mi habitación del hotel:



Shinjuku, mi barrio. El hotel estaba situado a pocos metros del Gobierno Metropolitano de Tokyo a cuya planta 42 se puede acceder para disfrutar de una perspectiva de la inmensa ciudad que, a pesar de su tamaño, no me resultó en ningún momento opresiva. En Tokyo se puede pasear a las dos de la mañana tranquilamente y lo más que te vas a encontrar es a los silenciosos servicios de obras públicas trabajando: el undécimo, no molestar, sin duda.

Edificio del Gobierno Metropolitano de Tokyo:





La ciudad, el centro al menos, resplandece. Sus calles, sus coches, sus aseos públicos, todo está concebido para ser lo más agradable posible: el asfalto de sus calles está hecho para absorber el ruido y se nota. Sus automóviles, impolutos a pesar de la lluvia, y sus taxis con sus fundas blancas conducidos por impecables taxistas con guantes también blancos, sorprenden singularmente. Las aceras, metro incluido, tienen una parte especial hecha con unas losetas amarillas de textura diferente a la del resto de la acera que permiten a los ciegos caminar de forma segura y tranquila. Por supuesto, nadie cruza en rojo y cuando lo haces se te quedan mirando no sé si censurando o sin comprender por qué lo hacemos.

Nadie diría que uno pisa tierra de terremotos a juzgar por la grandiosidad de sus rascacielos y los que están en construcción. Es curioso ver cómo las grúas se colocan encima del edificio y no por fuera, claro que son otro tipo de grúas distintas a las que se ven por aquí. La ingeniería produce puentes tan bonitos como el Rainbow Bridge y edificios como Roppongi Hills donde se puede subir hasta la planta 54 y observar un panorama como éste. Arriba del todo en la barandilla que rodea el edificio hay esta curiosa placa (abajo a la derecha, en rojo, la Torre de Tokyo):





"Tokyo City View was selected as Lovers Sanctuary in May 2007 by Area Activation Supporting Center" es lo que pone en la placa.

Shinjuku desde Roppongi Hills:




La Torre de Tokyo desde el helipuerto de Roppongi Hills:


El Rainbow Bridge desde Odaiba Marine Park:


Y a nuestra espalda se encontraba mi asignatura pendiente (algún día, algún día...) y el edificio de la Fuji Television y centro comercial diseñado por el famoso arquitecto japonés Kenzo Tange.

Estatua de la Libertad en Odaiba:


La hermana pequeña del lado de Oriente y el Rainbow Bridge al fondo sobre la bahía de Odaiba


Una mañana, -es un decir, no había amanecido-, eran las cuatro cuando cogíamos el taxi, fuimos a ver el Mercado Tsukiji. Sin saber muy bien hacia donde, íbamos recorriendo los puestecitos aledaños a lo que es propiamente la lonja. Enseguida empezamos a ver los motocarros que transportaban las cajas del pescado, la velocidad y el trasiego era grande y había que estar muy atento para evitar que te atropellaran, aquello empezaba a convertirse en el hervidero que nos habían contado. Después de estar más de media hora dando vueltas e intentar saber dónde era la subasta del atún, lo conseguimos unos minutos antes de que empezara. Ante nuestros fascinados ojos se abría el espectáculo de los atunes colocados para su inspección por los futuros compradores, cómo con linternas los escudriñaban por dentro, los olían, tocaban parte de la cola. De repente se oyó la campana y comenzó la subasta, algo parecido a lo que se puede ver en este vídeo, pero no me resisto a poner este otro vídeo que es más un espectáculo, son cortitos los dos. La vuelta en el impoluto metro de Tokyo fue más fácil de lo que esperábamos: el madrugón mereció la pena.

La campana anunciadora del comienzo de la subasta en primer término:


Una foto de la pared de la estación de metro que me pareció curiosa (la línea amarilla es la del camino para invidentes):

Tokyo es el futuro. Su barrio tecnológico de Akihabara con sus edificios de varias plantas son el paraíso de los aparatos electrónicos y sus infinitos gadgets. Pero fue en una tiendecita donde pude encontrar una tarjeta de memoria para mi obsoleta sony cybershot, algo que había ya renunciado después de preguntar sin éxito en las supertiendas. También de allí me traje de una farmacia atendida por dos dependientas ancianitas un té amargo (dokudami) cuya planta conocí en Higashi Gyoen, el jardín del Este del Palacio Imperial, única zona visitable del recinto junto con el puente Nijubashi donde casi todo japonés tiene una foto. Según nos contaron, los tres elementos de los jardines japoneses son la roca, que simboliza los huesos, el agua que es la sangre y el árbol que representa al cuerpo (el jardín zen no lleva agua). Llama la atención la explanada de hierba perfectamente cortada salpicada de pinos llamada Kokyo Gaien que se encuentra delante del Palacio Imperial: es el sitio donde se encontraban las casas de los samurais que necesariamente tenían que mantener una casa y vivir con su familia durante determinados periodos de tiempo en la época del shogunato, una forma de dominar y controlar que los samurais no se rebelaran contra el Shogun.

Puente Nijubashi y Palacio Imperial:



Visitamos varios templos en Tokyo como el Tomioka Hachimangu, templo donde están las huellas de luchadores de sumo y la lista de los nombres de los Yokozuna de todos los tiempos esculpidos en el Yokozuna Rikishi Monument. A la entrada suelen estar los barriles de sake donados y en este caso también una curiosa tabla sobre los años de buena y mala suerte:



El templo Meiji Shrine nos recibió con una leve lluvia que nos acompañó durante el camino de la entrada que va preparándote para contemplar uno de los tori (puerta del santuario) más bonitos y donde tuvimos la suerte de ver a dos novios haciendo el reportaje de boda.

Tori de Meiji Shrine:


Novios en Meiji Shrine:

Y el famoso templo Asakusa con un montón de gente, quizá por ello me gustó menos.

La noche de Tokyo está llena de luz, es el reino de los luminosos y de los carteles en colores rechiscantes en pleno centro, algo que ya no ocurre en nuestras ciudades y que se considera de mal gusto. Después del rechazo, por lo sorprendente, acabas hasta viéndole la gracia y como algo de lo más normal. Cuando has visto los jardines japoneses y su sereno encanto, resulta extraño que te encuentres con este contraste, aunque más incomprensible me pareció lo del pachinko. Entré en un local con apariencia de sala de máquinas tragaperras, pero no permanecí más de tres minutos a pesar de la enorme curiosidad: el infernal ruido de las bolitas y la música o lo que fuera era absolutamente inaguantable. Y lo curioso es que a ellos parece que les libera.

Kyoto es la tradición. Es la tierra natal de los japoneses que la visitan al menos una vez en la vida. Y no me extraña: la belleza de sus templos y los parajes en los que están situados hacen de esta ciudad un lugar imprescindible. El conjunto de Kiyomizu es realmente sublime con su terraza sujeta sobre 139 columnas . No me resistí a beber agua de los tres chorros de la cascada y realizar su ritual, así que espero gozar de un año más de vida del que me corresponde :-)). El tempo Chion-hi y su tori o puerta sagrada de acceso al recinto de los templos sintoístas, una de las más grandes del país, con sus interminables escaleras en un día caluroso. El templo Kinkaku-ji o templo del Pabellón Dorado donde ya no pude resistirme a comprar un omikuji u oráculo japonés con la suerte de que me salió favorable y no tuve que dejarlo abandonado en el tenderete donde se dejan los adversos para conjurar así esa mala suerte. Y además, he conseguido saber exactamente lo que dice gracias al amabilísimo y paciente Psittakos ;-)
Tenderete donde se atan los oráculos desfavorables: el mío es más gonito..., ains.

En cualquier caso, los lugares en donde los japoneses ubican sus templos, tanto los sintoístas como los budistas, son especiales. Una mañana me acerqué al templo más próximo al hotel que había visto un día a la vuelta en el autocar con el objeto de hacer unas fotos a las tumbas que suelen situarse detrás del edificio principal. A las siete y media de la mañana ya hay una moderada actividad en la capital, pero dentro del recinto del templo se respiraba una apacible armonía. Ya de vuelta atravesando por un parque cercano también al hotel de Lost in translation contemplé uno más de los contrastes contínuos para el viajero curioso: los habitantes de las casas de cartón. En Tokyo incluso en las zonas más transitadas, aunque escondidos lo más posible en túneles peatonales o en recodos, hay indigentes que viven en habitáculos hechos de cartón. No pude dejar de pensar en la estación de lluvias que empezaba y que entonces ni siquiera podrían ocultarse y conservar algo que allí juega un papel tan importante como el honor.

Hotel de la peli desde el Ayuntamiento de Tokyo:


Otro de los atractivos de Tokyo es pasear por sus calles y ver la gente pasar. Los japoneses viven en la dualidad de la superstición y la tecnología, todo aderezado con su decidida occidentalización: ellos son modernos, ellas son lolitas caminando frágilmente sobre sus tacones y no sólo por Takeshi Dori, la calle para comprar ropa del estilo que se puede ver en Harajuku, el lugar donde los fines de semana se acercan los jóvenes japoneses vestidos de la forma que les apetece.

Nuestras guías, las inolvidables Yuriko y Akiko, han sido una parte importante del viaje por su paciencia y conocimiento. Me gustaban especialmente cuando contaban los detalles prácticos de la vida en Japón, pero también las perlas de sabiduría popular y de leyendas y simbolismos que explican el espíritu japonés. La historia de la carpa o koi me llamó la atención y me hizo recordar mis tiempos de niña cuando iba con mi abuelo a pescar al río y volvíamos con barbos o con carpas. La carpa es un pez que se encuentra en los estanques de los jardines japoneses como un elemento relajante. Yuriko nos contaba que es también el ejemplo de la tenacidad y el esfuerzo; la carpa tiene que subir la cascada contra corriente y si lo puede hacer una carpa, también podemos nosotros. Se trata de que si uno se cae siete veces en la vida, se ha de levantar ocho. Para ello se pertrechan de variados amuletos y a primeros de año se compran un daruma o representación del padre del budismo zen que viene con los ojos en blanco y cuyo ojo derecho ha de pintarse con tinta negra cuando se le pide un deseo y cuando se cumple pintar el otro ojo. Yo por si acaso ya he pedido mi deseo al mío.

Figura de carpa a la entrada del Jardín del Este del Palacio Imperial:


Mención especial merece la comida japonesa. Al sushi, sashimi y teppanyaki ya esperados (y ansiados) se unió el chanko-nabe que también me gustó mucho, la comida de los luchadores de sumo. Tuvimos la suerte de ver una exhibición de esta lucha y comprobar la flexibilidad y agilidad de los luchadores y de su agudo sentido del humor.

Chanko-nabe en un restaurante en Osaka propiedad del Gran Campeón de Sumo Asashoryu, toda esa comida se sumergía en una olla con caldo hirviendo que había en la propia mesa:


Otro momento único fue el contemplar la actuación de Sakurako, una maiko o aprendiz de geisha de apenas 19 años que nos deleitó con la delicadeza de sus movimientos durante el baile. Personalmente me llamó la atención la dulzura de su voz cuando contestaba las preguntas de los asistentes; no sé nada de japonés, pero sí me di cuenta que además de poseer una delicada voz, el tono, el ritmo y la entonación eran fruto de un particular trabajo.




Sakurako por detrás (el pelo es suyo, no es una peluca):



La primera vez que vi Lost in translation (lean esta fantástica crítica sobre la peli que hace David Garrido) me quedó una sensación de desasosiego provocada tanto por la historia como por la ciudad, que aparecía hostil e inasible: la sensación de estar perdido agravada por la realidad de estar sin el recurso del idioma para sobrevivir. Por ello me sorprendió mucho la respuesta de mi guía Yuriko cuando le pregunté que cómo había sentado la película a los japoneses y ella me contestó que bien, que les había gustado. A la vuelta de mi viaje y volverla a ver coincido plenamente con ella, ya no me siento perdida.

El último día fue el más largo, había que volar de Osaka a Tokyo y de allí a París y Barcelona. Entre medias pudimos disfrutar de la visita a los jardines de Rikugien justo después de un chaparrón: al espectáculo visual de los pinos, arces, cerezos, alcanfor, azaleas y hortensias, se unió el del olor del campo después de la lluvia. Desde que me levanté hasta que llegué a casa transcurrieron 36 horas. Las vueltas suelen ser más tristes que las idas. No tenía muchas ganas de volver y de hecho no volví del todo: mi paraguas de plástico transparente comprado el último día para luchar contra un aguacero monumental se quedó olvidado apoyado en un asiento del aeropuerto de Narita. No tengo ninguna duda de que algo más de mí que ese paraguas se ha quedado en Japón para siempre.
















Nota1: He encontrado una selección de fotos de Tokyo con una calidad que ya me gustaría, y que recomiendo visitar para hacerse una mejor idea aquí.

Nota2: Llené las dos tarjetas de memoria y no tengo fotos propias del final del viaje, aunque espero conseguirlas... algún día: esta cosa de las fotos suele ir despacio.

Nota3: En un futuro próximo espero abrir una cuenta para subir mis fotos, se ha convertido en una necesidad :-)

6 comentarios:

  1. Jolín, tú, qué envidia más mala que tengo ahora mismo.

    Me ha encantado lo del Lover's Sanctuary, que yo siempre he dicho que cuando los japoneses se ponene, no hay quien les gane a horteras. :P

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  2. Estupendo el viaje y el trabajo Carmen, dinamico y entretenido. Me quedo con eso de que "los japoneses viven en la dualidad de la superstición y la tecnología, todo aderezado con su decidida occidentalización", que me parece una definicion escueta pero completa de lo que te ha parecido aquello; los rascacielos y las geishas conviviendo en el siglo XXI.
    Rosa

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  3. madre mía, qué pedazo de crónica, y qué envidia de viaje!
    saludos

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  4. Y lo que no he contado...,je.
    Óscar, si vieras las tiendas que venden accesorios para el móvil verías lo que es bueno :-)

    Rosa, los contrastes son contínuos, pero agradables.

    Jueves, ha sido uno de los mejores viajes de mi vida, merece la pena la paliza del vuelo, sin duda.

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  5. ¡Qué cosa más maravillosa! ¡quiero ir!

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  6. Si tienes oportunidad, ni te lo pienses. Yo repetiría el viaje sin dudar ahora mismo.

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