sábado, 4 de abril de 2009

Una mañana en la Terminal Sur

Siempre me han gustado los aeropuertos, a pesar del tétrico nombre de "terminal". La mezcla de gente de todo tipo, raza y, cada vez más, toda condición: el grupo de monjitas que van todas juntas, los turistas europeos que ya llegan a España en chanclas, los de la fría Europa del Norte con sus abrigos y gorros de piel, los grupos de estudiantes en contínuos viajes de fin de curso, las madres con bebés tranquilos, sin que falten los omnipresentes japoneses..., toda una gama de lo que ofrece el ser humano en su variedad de colores, y hasta de sabores.

Diríanse que son las actuales catedrales y no sólo porque haya que rezar para que no lleve retraso el vuelo o para que no se hayan perdido las maletas. Pero así como una catedral puede ser relativamente sencillo verla casi sin gente, una terminal es más complicado..., excepto que aún no esté inaugurada. Así que cuando apareció el anuncio en el periódico para hacer de figurante no me lo pensé y me apunté. Después de un par de aplazamientos el día llegó el martes pasado.

A las ocho y media de la mañana salían los autocares que nos llevaban a mí y a las otras casi trescientas personas más rumbo a la nueva terminal sur del aeropuerto del Prat. Los accesos aún no están acabados, luego nos contaron que eso es lo que va más retrasado pero que estará a punto, otra cuestión de fe.

Nos dejaron en una especie de plaza donde destacaba la torre de control (no hay fotos porque no nos estaba permitido hacerlas, que si no...). El día amaneció nublado y luego acabó lloviendo y pese a ello no había casi ninguna gotera. Una vez todos estuvimos acreditados nos dispusieron en grupos de 25 personas cada uno con una función: al mío le tocó viajar a... Santa Cruz de la Palma, y en turista además, bueno, al menos haría buen tiempo :-P

Empezó el recorrido por la terminal. Accedimos por la planta de calle a unas rampas de subida mecánicas donde nos esperaban las maletas para facturarlas en los mostradores. La sensación de amplitud y silencio era absoluta. Los colores claros que dominan tanto los suelos como las paredes y techos hacían que el día nublado y desapacible lo fuera aún más, con el añadido del frío de un edificio en obras y su olor característico.

No sólo estaba en pruebas el edificio, sino también los trabajadores que estaban estrenando sus puestos de trabajo y que por lo que yo viví salieron airosos de la prueba en esta ocasión. Después de facturar, nos dirigimos al control de la policía, se ve que ni al principio son capaces de ser afables, debe ir aparejado con el puesto, y donde me hicieron quitar la bufanda incluso. Y después ya fuimos a buscar la puerta de embarque a lo largo de la majestuosa terminal, similar en amplitud y largura a la T4 madrileña donde la luz era lo más sorprendente, ya que el día gris que se iba volviendo aún más gris a cada momento, la convertía en espectacular. La visión desde un extremo de la terminal con sus paredes hechas cristaleras que se confundían con el cielo reinante, el silencio que engullía hasta el ruido de nuestros pasos y ahogaba algún martilleo a lo lejos de los obreros que acondicionaban lo que serán los futuros locales comerciales y de restauración, hicieron que el largo trecho hasta la puerta B45 fuera una especie de paseo irreal entre las nubes.

Una vez allí -mientras divisábamos la vieja terminal viendo cómo despegaban otros aviones- esperamos a que llegaran las azafatas para pasar al finger..., y bajar por unas escaleras donde nos recogió un autocar calentito que agradecimos desde el más escondido resquicio de nuestro cuerpo.

De vuelta al punto de partida nos repartieron las bolsas con el opíparo picnic: ensalada, bocadillo de queso, yogur y agua. El frío reinante hizo que la gente no se quitara el abrigo y la estampa era digna de un comedor social, o esa era la impresión que me dio cuando se lo comentaba divertida a mis circunstanciales compañeros de mesa, muertos de risa.

Después de la comida, había que hacer otra prueba, esta vez éramos viajeros procedentes de Bilbao en conexión para coger un vuelo a Santander con lo que no teníamos maletas que facturar ni volver a pasar el control policial. Pero esta vez el billete tenía truco, la puerta estaba mal puesta y tuvimos que localizarla en los paneles informativos dado que no vimos ningún chaqueta roja para preguntar. Una vez más esperamos a que las azafatas procedieran al embarque y otra vez volvimos a pasar por el finger..., y de vuelta al autocar.

Y ahí se acabó la jornada después de rellenar una encuesta para valorar lo probado. La vuelta en el autocar nos acabó de devolver a la realidad de nuestras vidas en tierra. Pero valió la pena haber formado parte de la experiencia.

5 comentarios:

  1. ¡Qué bueno! Creo que esa es la única forma en la que yo disfrutaría de un aeropuerto... bueno, esa y recibir visitas :-)

    ResponderEliminar
  2. Ja, ja, ja, nunca he tenido miedo a volar, siempre mucho más a quedarme en tierra. Me apetece mucho visitar la tuya, por cierto.

    ResponderEliminar
  3. Wow. Nunca he sido "probador" de una terminal.

    Cuando inauguraron la T4 de Madrid en 2006 si que fui a verla :)

    Un abrazo y dulces sueños

    ResponderEliminar
  4. Hola! me ha hecho gracia leerte, yo también hice de figurante de la terminal sur... yo fui a Niza ;)
    A nosotros también nos dieron ensalada, un bocadillo de queso o de jamon serrano y un yogur danone.
    jeje...

    saludos!

    ResponderEliminar
  5. Ah, ah, dragonfly, Barcelona és bona, molt bona, y a veces hasta la bolsa sona :-P

    Qué suerte, Anónimo, yo llevaba el pasaporte y me hacía ilusión viajar lejos..., soñar es gratis.
    Yo me apunté a repetir, me gustaría ver la terminal con sol.
    Salu2

    ResponderEliminar

Abuelito/a , dime tú...