martes, 23 de febrero de 2010

La fuerza y los momentos

"Es que tú eres muy fuerte"
Es una de las frases referida a mí que más he oído estos días y en lo primero que pienso es en lo fácil (y lo tranquilizador) que es para los demás explicarse las cosas basándose en el ser, es algo que te justifica, no hay que probarlo y la consecuencia es lógica: eres fuerte, ergo puedes afrontarlo.
Y yo me pregunto: ¿cabe ser otra cosa que no sea ser fuerte cuando las circunstancias te obligan a serlo? ¿el que es fuerte lo sabe o es fuerte porque no sabe que se pueda ser débil? ¿al que es fuerte se supone que le es más fácil? ¿desde cuándo es fácil ser fuerte? ¿cómo se valora la fuerza? ¿se tiene en cuenta sólo lo que se ve en un momento determinado? ¿quién sabe realmente cómo está y se encuentra otro?
A lo largo de estos dos últimos meses yo no me he llegado a plantear nunca si mi situación tenía que afrontarla como una persona fuerte o débil, entre otras cosas porque no había nada que estuviera en mi mano para intentar ponerme mejor, sólo había que esperar a que el tratamiento surtiese efecto y, mientras tanto, intentar no molestar demasiado y aguantar el dolor dentro de unos márgenes soportables: como decía mi abuelo, ¿si me quejo me va a doler menos?
Evidentemente había que poner todo lo poco que yo podía hacer al servicio de la medicina e intentar cumplir de la mejor manera posible con todo lo prescrito: levantarse de la cama para intentar andar, facilitar la labor de las enfermeras al cambiarte, aprender a estabilizar la bomba de perfusión para evitar un paseo innecesario, aceptar la propuesta de asearse uno mismo cuando era posible, etc. Pero todo esto no eran más que tácticas de entretenimiento mientras lo "gordo" seguía su inestable curso.
Y no, yo no me creo nada fuerte, soy una "jijas" que se dice en mi familia, pero intento afrontar las cosas. Y unas veces me derrumbo, otras me levanto y las más lo que hago es llorar en esa tremenda variedad de sabores que tienen las lágrimas:
-llorar de impotencia porque estando dormida me había ensuciado y tenía que llamar para que me limpiaran.
-llorar de miedo cuando después de muchos días de dolor ya empezaba a mejorar y tuvo que suceder la noche trágica del retroceso.
-llorar de preocupación cuando marchaban mis padres y sabía lo mal que lo estaban pasando por mi culpa.
-llorar de terror silencioso cuando me estaban haciendo la incisión para colocarme la vía parenteral en la yugular: de las experiencias más desagradables, aunque no dolorosas, de mi estancia en el hospital.
-llorar de dolor insoportable de cabeza, aquella noche eterna, que eclipsaba al dolor principal y que se alargó unas interminables doce horas donde creí que acabaría saltando de la cama y dándome de cabezazos contra el suelo, cualquier cosa para que aquello parara.
-llorar de tristeza cuando vi mi cuerpo escuálido y desnudo en el espejo que acusaba, y de qué manera, la inmovilidad y los estragos de la enfermedad.
-llorar de placer cuando después de quince días pude sentir el agua en la cara al asearme después de tantos días con toallitas jabonosas.
-llorar de alegría cuando conseguí andar el pasillo para llegar a la sala de espera del hospital y ver el mar.
-llorar de nerviosismo cuando salía del hospital con el alta dándome cuenta de que mi cansancio me decía que yo sí era la misma que entró, pero mi cuerpo no era capaz de responderme como antes.
-llorar de satisfacción esta tarde en la ducha al volver de salir a correr y recuperar mi vida.

Han sido, y son, mis momentos que van conmigo y que me recuerdan que no soy nada fuerte, pero que a veces brinco.

:-))

domingo, 14 de febrero de 2010

San Ballantine's Day: Les ànimes amants

(fragment del llibre «Fantasmes de Barcelona» de Sylvia Lagarda-Mata)

La casa, d'un angle agudísisim, que es veu a l'encreuament dels carrers Mirallers i Sombrerers va ser anomenada durant molt de temps pels barcelonins la Casa de les Ànimes en Pena.
Pertanyia a una il·lustre família, la filla de la qual festejava en secret amb l'hereu d'una altra família burgesa. I ho feien en secret perquè els respectius pares, enfrontats per antics ressentiments, s'oposaven de ple al nuviatge dels joves. Un cas tan antic com el món. I un comportament tan resolt com resolta ha estat sempre la passió.
-Jurem-nos amor etern- es deien cada nit, de finestra a vorera, amb el cor abrandat d'emocions.
-Amor etern, en vida i en mort!
Una d'aquelles nits, quan el noi se'n tornava a casa després d'una llarga hora de festeig al peu de la finestra de la seva estimada, en ficar-se al veí carreró de les Mosques topà davant per davant amb una batussa de bergants. Quan va voler girar cua, els pinxos l'envoltaven estretament per totes bandes. El seu gest va ser mal interpretar, va brillar una daga, i el noi va caure enmig del fang, mortalment ferit.
Però l'endemà al vespre, quan l'enamorada obrí els porticons de la finestra descobrí com sempre a la vorera l'ombra del seu amant; això sí: molt pàlid, amb uns ulls tristos i enfonsats i uns llavis tremolencs. La veu li arribava prima, com una ranera, i els gestos semblaven lents i evanescents.
I com aquella, totes les altres nits següents l'ombra cada cop més escadussera de l'enamorat va acudir a la cita. I cada nit que passava, també la noia s'anava decadint més i més, com si una estranya malaltia l'hagués atacat. Com que cap metge no li trobava el mal, al final els seus pares, tement-se el pitjor, van fer cridar el rector de Santa Maria del Mar, perquè confessés la seva filla. I quan ella li va explicar que cada nit es veia en secret amb el seu enamorat, el mossèn es va quedar parat i li va dir:
-T'enganyes, filla meva. això que m'expliques no és possible: el jove que dius el vam enterrar ara fa uns mesos, mort d'una punyalada.
-Doncs jo li juro, pare -replicà la noia- que cada nit ve a visitar-me... En una ocasió ens vam jurar amor etern, tant en vida com en mort... Potser per això segueix presentant-se!
Aquella nit, como cada nit, en sonar les dotze, la noia va obrir el finestral i des de la vorera, com cada nit, l'ombra del jove amant va alçar els ulls ja enfonsats, com cèrcols d'una calavera, per mirar els ulls de la seva estimada.
El rector de Santa Maria del Mar, emparat a l'ombra d'un portal, esperà la fi de la vetllada, i tan aviat com la noia va haver tancat els porticons, va sortir al pas de l'ànima en pena de l'enamorat i el comminà a abandonar definitivament el món dels vius, en nom de la pau i la salut de la seva estimada.
Sense dir ni un mot, i amb una darrera i tristíssima mirada cap al clos finestral, aquella presència es va esvair com un tènue fumerol entre les tenebres.
L'endemà, quan al punt de mitjanit l'enamorada va obrir els porticons no hi havia ningú a la vorera del carrer Mirallers.
I aleshores la noia va notar, sobtadament, que es trovaba una mica més bé, que li tornaven les forces i que s'esvania dolçament el vel de la seva profunda tristesa.

Esta y otras leyendas acerca de las calles de Barcelona y sus especiales vecinos se pueden encontrar en este delicioso libro que me regalaron para hacerme más agradable la estancia en el hospital y que me dieron más ganas, incluso, de salir para recorrer los itinerarios que propone la autora.

Y en ello estoy :-)

N.B. Un intento de traducción:

La casa, de ángulo agudísimo, que se ve en el cruce de las calles Mirallers y Sombrerers se llamó durante mucho tiempo por los barceloneses la Casa de las Ánimas en Pena. Pertenecía a una ilustre familia cuya hija tenía relaciones en secreto con el heredero de otra familia burguesa. Y las mantenían en secreto porque sus respectivos padres, enfrentados por antiguos resentimientos, se oponían de plano al noviazgo de los jóvenes. Un caso tan antiguo como el mundo. Y un comportamiento tan resuelto como resuelta ha sido siempre la pasión.
-Jurémonos amor eterno- se decía cada noche, de la ventana a la acera, con el corazón inflamado de emociones.
-Amor eterno, en la vida y en la muerte.
Una de aquellas noches, cuando el joven se volvía a casa después de una larga hora de cortejo al pie de la ventana de su amada, al entrar en la vecina calle de les Mosques se topó de frente con una reyerta de bergantes. Cuando quiso dar la vuelta, los matones le rodeaban por todos los sitios. Su gesto fue mal interpretado, brilló una daga, y el joven cayó en medio del barro, mortalmente herido.
Pero al día siguiente por la tarde, cuando la enamorada abrió los postigos de la ventana descubrió como siempre en la acera la sombra de su amante; eso sí, muy pálido, con ojos tristes y hundidos y labios temblorosos. La voz le llegaba tenue, como un estertor, y los gestos parecían lentos y evanescentes.
Y como aquella, todas las otras noches siguientes la sombra cada vez más esporádica del enamorado acudió a la cita. Y cada noche que pasaba, la joven también se iba debilitando más y más, como si una extraña enfermedad la hubiese atacado. Como ningún médico le encontraba el mal, al final sus padres, temiéndose lo peor, llamaron al rector de Santa María del Mar, para que confesase a su hija. Y cuando ella le contó que cada noche se veía en secreto con su enamorado, el sacerdote se quedó pasmado y le dijo:
- Te engañas, hija mía. Esto que me cuentas no es posible: el joven que dices le enterramos hace unos meses, muerto de una puñalada.
- Pero yo le juro, padre -replicó la joven- que cada noche viene a visitarme... En una ocasión nos juramos amor eterno, tanto en la vida como en la muerte... ¡Quizá por eso sigue presentándose!
Aquella noche, como cada noche, al dar las doce, la joven abrió el ventanal y desde la acera, como cada noche, la sombre del joven amante alzó los ojos ya hundidos, como cercos de una calavera, para mirar los ojos de su amada.
El rector de Santa María, amparado a la sombra de un portal, esperó el fin de la velada, y tan pronto como la joven cerró los postigos, salió al paso del alma en pena del enamorado y le conminó a abandonar definitivamente el mundo de los vivos, en nombre de la paz y la salud de su amada.
Sin decir ni una palabra, y con una última y tristísima mirada hacia el ventanal cerrado, aquella presencia se desvaneció como un tenue humo entre las tinieblas.
Al día siguiente, cuando al filo de la medianoche la enamorada abrió los postigos no había nadie en la acera de la calle Mirallers.
Y entonces la joven se dio cuenta, de repente, que se encontraba un poco mejor, que le volvían las fuerzas y que se desvanecía dulcemente el velo de su profunda tristeza.

sábado, 6 de febrero de 2010

Darthveidercito


Éste fue el regalo que sus majestades los reyes majos (en mi caso, la reina maja negra, ya se verá más adelante por qué lo digo) me trajeron cuando estaba en el hospital y que presidió mi mesilla los últimos días dándome toda la «fuerza» que necesitaba.
Y nunca más propio el regalo: fuimos coleguis porque yo también habría podido hablar con voz fatigosa por el cuello a poco que hubiera entrenado, cosas de la alimentación parenteral :-))
No soy especialmente fan de Star Wars, pero cuando vi el muñeco en una conocida cadena de libros, música y demás caí rendidamente prendida de Darthveidercito. Y ahora por fin ES MÍO..., siempre que pase a dar un beso al niño mío que me lo guinda para dormir en cuanto me descuido, juas.

jueves, 4 de febrero de 2010

Cosas que pasan

Al final todo vuelve a su sitio, aunque nunca es realmente el mismo, incluso aunque no se hubiera movido, bañarse en el mismo río y esas cosas, nada nuevo bajo el sol, pero no por ello menos inquietante cuando se piensa sobre ello.
Algo inesperado, algo que se escapa al control, algo que hay que reconducir. Nos pasamos la vida planificando y la vida se empeña en desbaratarnos los planes para bien o para mal. A veces porque ocurren pequeños cataclismos que incluso se pueden ver venir, y a veces son cosas sin importancia que devienen en algo grave. A mí me ha pasado de estas últimas, más o menos, porque que las cosas tengan aspecto inocente no quiere decir que lo sean siempre y menos en asuntos de salud.
El hecho es que he pasado casi un mes de mi vida en el hospital, ingresando directamente en la UCI, con peligro grave de que mi existencia cambiase radicalmente en muchos sentidos incluido el riesgo de muerte, sí, tan mal estaba y yo aguantando sin ser consciente de lo que me jugaba. Gracias al equipo médico del Hospital del Mar que dio con el tratamiento adecuado -se lo puse difícil, diez días en la cuerda floja- conseguí salir sin pasar por el quirófano y librarme de una extirpación que yo sólo podía ver como una mutilación por mucho que intentase convencerme a mí misma que era lo mejor.
Han sido días duros, sobre todo para mi familia, y he tenido tiempo, el que me daba de tregua la analgesia, de conversar conmigo misma, hacia adentro. No es que haya descubierto cosas nuevas, pero sí he recordado muchas que ya sabía. Quizá no es la forma más recomendable de hacerlo, pero tiene su lado positivo si se quiere ver. Y si una cosa tengo clara es que soy una afortunada, sobreviviente, pero afortunada y eso no me lo puede quitar ya nadie ni nada de lo que venga en el futuro.