viernes, 30 de julio de 2010

Simplemente correr

Hace un año ya que empecé a salir a correr, bueno, con un paréntesis forzado, pero un año de rutina irregular que se encauza por temporadas. Cada vez que se rompe hay que volver a empezar, como suele pasar en la vida, que da la sensación que siempre se está empezando. Pero no importa, no hace falta llegar el primero, sólo llegar. Y siempre se compite contra uno mismo que es el rival más difícil y el que más importa.
En estas me encontré el pasado Sant Jordi con el libro de Murakami acechándome. No pensaba comprarlo, y menos ese día, pero al final me desdije a mí misma como parte de un ejercicio rayano entre lo flexible y lo inconstante que sin duda modela mi sumiso carácter rígido, pero esto es otra cuestión :-P
El libro es una mezcla entre biografía y memorias fragmentadas, filosofía de su sentir actual y charla de café, muy agradable para los que leemos a Murakami y nos gustaría conocerle más y para los que tienen ganas de empezar a correr o lo hacen habitualmente. La obrita, por lo corta, está escrita a lo largo de diez años sobre lo que ha supuesto en su vida el hecho de tomar la decisión de escribir y poco después, casi como consecuencia, de correr y de cómo vive esta actividad física con una humildad impropia de la vanidad que se le supone a todo escritor; resulta hasta tierno leer sus dificultades para acabar una carrera o su tesón para superarlas.
Como dice al principio citando a Somerset Maughan, «todo afeitado encierra también su filosofía», que es la constatación de que cualquier acto repetido en el tiempo es algo más que una acción por sí sola ya que acaba conformando nuestro carácter y forma de ser en la vida, algo que nos pasa a todos en cuanto nos paramos a reflexionar sobre ello y es el objeto principal del libro con el particular y ya conocido estilo de Murakami de limpieza, claridad y minimalismo.
Como colofón citar la frase que casi abre el libro: «el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional», nada nuevo para alguien que ya corra porque muy probablemente ha experimentado lo que el autor relata, pero a la vez muy grata la sensación de compartir sensaciones con mucha gente y sentirnos más iguales y acompañados en el mundo.

Algo así como el pingüino de Liniers, correr, corro poquito, pero corro.

sábado, 10 de julio de 2010

La tierra del fin del mundo


Trece horas de viaje desde Madrid, tres más de espera en el aeropuerto de Santiago de Chile y otras tres más para atravesar los tres mil y pico kilómetros que nos separaban de Punta Arenas, punto de partida de nuestro viaje, hacían pensarse si merecería la pena tal paliza de sueño, jet-lag y cansancio..., y vaya que sí.
Y eso que mi escepticismo era grande: hace unos años había visitado los fiordos noruegos y mi empacho de naturaleza había sido demasiado, visto un fiordo vistos todos, con todos mis respetos a los enamorados de los fiordos. Así que mis expectativas estaban resignadas.
Pero no, esta vez no fue así, la simple contemplación de un glaciar tiene un efecto entre relajante e hipnótico: el aire, el silencio, la inmensidad sólo rota por el crujido del hielo que a veces se desprende es una de las experiencias más impactantes que se pueden vivir.
Y aparte de la conmoción visual se unía la carga histórica y humana del paraje por donde vivieron las cinco tribus de aborígenes (selk'nam u onas -los de los crucigramas-, tehuelches, kawéskar, haush y yámanas) y navegaron los primeros exploradores Magallanes, Elcano o el mismo Darwin. Gracias a las charlas en el barco fuimos conscientes de la aventura que tuvo que suponer para los hombres de hace cinco siglos navegar y recorrer estos lugares.

El barco que nos alojaba no cabeceaba tanto como yo me esperaba; la razón es que nos movíamos por canales y fiordos aledaños al Estrecho de Magallanes que suavizaban el efecto del oleaje y las corrientes que allí se juntan. Hemos navegado por el Seno del Almirantazgo que bordea la cadena de montañas de la cordillera Darwin hasta llegar a las inmediaciones del glaciar Marinelli en la bahía Ainsworth dentro del Parque Nacional Alberto de Agostini. Allí recalamos y paseamos por el bosque magallánico subántartico que lo rodea. Vimos diques de castores y elefantes marinos, tremendos, por cierto.
También subimos, trepamos y resbalamos a veces, a través de un tupido bosque magallánico húmedo y embarrado para llegar a la Laguna Escondida y disfrutar de la espectacular vista del glaciar Águila; realmente se siente uno en el fin del mundo y al borde del síndrome de Stendhal versión naturaleza.Y más glaciares, aproximándonos lo más posible con la zodiac, a cual más hermoso, Brookes, Cóndor, Nena, Piloto y sus hielos milenarios y de un azul subyugante.
Aquí el glaciar Cóndor, aquí unos amigos:

Aquí el glaciar Águila:

Y el más bonito, el glaciar Piloto:

Por último nos acercamos a Isla Marta para ver su colonia de lobos marinos, los pingüinos ya se habían ido de vacaciones.

Naturaleza e historia, Magallanes y Darwin, emoción y trascendencia, atracción y sobrecogimiento, silencio y serenidad, Patagonia y Tierra del Fuego, sencillamente naturaleza en vena.