sábado, 10 de julio de 2010

La tierra del fin del mundo


Trece horas de viaje desde Madrid, tres más de espera en el aeropuerto de Santiago de Chile y otras tres más para atravesar los tres mil y pico kilómetros que nos separaban de Punta Arenas, punto de partida de nuestro viaje, hacían pensarse si merecería la pena tal paliza de sueño, jet-lag y cansancio..., y vaya que sí.
Y eso que mi escepticismo era grande: hace unos años había visitado los fiordos noruegos y mi empacho de naturaleza había sido demasiado, visto un fiordo vistos todos, con todos mis respetos a los enamorados de los fiordos. Así que mis expectativas estaban resignadas.
Pero no, esta vez no fue así, la simple contemplación de un glaciar tiene un efecto entre relajante e hipnótico: el aire, el silencio, la inmensidad sólo rota por el crujido del hielo que a veces se desprende es una de las experiencias más impactantes que se pueden vivir.
Y aparte de la conmoción visual se unía la carga histórica y humana del paraje por donde vivieron las cinco tribus de aborígenes (selk'nam u onas -los de los crucigramas-, tehuelches, kawéskar, haush y yámanas) y navegaron los primeros exploradores Magallanes, Elcano o el mismo Darwin. Gracias a las charlas en el barco fuimos conscientes de la aventura que tuvo que suponer para los hombres de hace cinco siglos navegar y recorrer estos lugares.

El barco que nos alojaba no cabeceaba tanto como yo me esperaba; la razón es que nos movíamos por canales y fiordos aledaños al Estrecho de Magallanes que suavizaban el efecto del oleaje y las corrientes que allí se juntan. Hemos navegado por el Seno del Almirantazgo que bordea la cadena de montañas de la cordillera Darwin hasta llegar a las inmediaciones del glaciar Marinelli en la bahía Ainsworth dentro del Parque Nacional Alberto de Agostini. Allí recalamos y paseamos por el bosque magallánico subántartico que lo rodea. Vimos diques de castores y elefantes marinos, tremendos, por cierto.
También subimos, trepamos y resbalamos a veces, a través de un tupido bosque magallánico húmedo y embarrado para llegar a la Laguna Escondida y disfrutar de la espectacular vista del glaciar Águila; realmente se siente uno en el fin del mundo y al borde del síndrome de Stendhal versión naturaleza.Y más glaciares, aproximándonos lo más posible con la zodiac, a cual más hermoso, Brookes, Cóndor, Nena, Piloto y sus hielos milenarios y de un azul subyugante.
Aquí el glaciar Cóndor, aquí unos amigos:

Aquí el glaciar Águila:

Y el más bonito, el glaciar Piloto:

Por último nos acercamos a Isla Marta para ver su colonia de lobos marinos, los pingüinos ya se habían ido de vacaciones.

Naturaleza e historia, Magallanes y Darwin, emoción y trascendencia, atracción y sobrecogimiento, silencio y serenidad, Patagonia y Tierra del Fuego, sencillamente naturaleza en vena.

6 comentarios:

  1. Que paisajes más bonitos, son impresionantes! Que lo pases bien

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  2. @dragonfly, pasélo, pasélo, que ya volví, a rastras, eso sí :-)

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  3. Qué alegría! Qué alboroto! Un glaciar Piloto!


    ¿Pero no habías estado por allí hace unos meses? ¿Has vuelto a ir? :S Pues menuda envidia.

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  4. @Vigo, efectivamente, es el mismo, pero no me importaría volver a ir otra vez, que aquí no pasamos calor, nos estamos cocinando directamente.

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  5. Aunque no sabes quen soy, ni te conozco de nada, me han encantado las fotos y tu relato.

    Veneciano

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  6. Muchas gracias Veneciano, hay más fotos aquí http://www.flickr.com/photos/c-martin2/ y más que debería haber, algún día acabaré subiéndolas todas, digo yo.
    Tu nick me recuerda levemente a alguien, pero si tú dices que no me conoces, así será.

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