jueves, 1 de noviembre de 2012

Disneylandia

Se apagan las luces y en la penumbra se adivina a Nacho Lesko que se sienta al teclado. Una tenue luz dorada ilumina tímidamente a una figura completamente de negro que empuña un micrófono y saluda. La gente rompe en aplausos y gritos porque todo comienza en ese mismo momento. Las inconfundibles notas de Disneylandia inundan el teatro y la voz de Manolo García se yergue entre la emoción y la dicha. Una versión pasada por el tamiz de los años, convertida en balada y remozada su letra, que es toda una declaración de intenciones.



Sí, siempre decías quédate...

Desarmada la concurrencia con ese inicio tan inusual, cuando lo habitual es un comienzo casi como un estallido donde la intensidad de la música se une a la fuerza del directo, el sr. García siguió desgranando canciones de todas las épocas moviéndose de lo nuevo novísimo a sus éxitos más queridos; por fin Manolo deja ese pudor de no tocar canciones de otros tiempos y canta lo que le apetece y su público desea. A la aflamencada Sombra de una palmera,




le siguió Aviones plateados que dio el pistoletazo para que el teatro fuera el escenario perfecto donde combinar la calidad de una acústica inmejorable con la energía y ganas de bailar que es preceptiva en cualquier concierto de Manolo.







Ha pasado una semana y aún en mis oídos resuenan canciones como Un año y otro añoA veces se enciende, Un alma de papel, Un giro teatral con un escenario de aires taboadianos y tantas más en casi tres horas de concierto salpicado con reflexiones en voz alta de un Manolo más hablador que en otras ocasiones, reflejo de la situación que vivimos y de la que él no es ajeno.



Y para terminar una bella versión de Los ángeles no tienen hélices, olor de algo que no existe,
de amor, que tal vez no existió jamas, quiero atarme a este momento, que pasó que ya no estás




 

2 comentarios:

  1. Y que las lumbalgias le respeten, sí señor. Ay, al final va a ser verdad que todos nos hacemos mayores, sigh.

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