lunes, 28 de abril de 2014

Diego y el orden de las cosas

Todos partimos de la ficción de creer que nos despertaremos un día más. Es lo mínimo porque sin esta convicción huelga cualquier pensamiento, actividad o propósito. Y prácticamente a esta posibilidad no le dedicamos más que unos minutos en nuestra vida, quizá porque si  nos ocurre ya no nos afectará, ya no estaremos para comprobarlo. Y sí, quizá ese es el problema, el efecto de desolación que deja en los otros.

Hace cuatro días recibí un insoportable mensaje de uasap en el que una íntima amiga mía me hablaba de su hijo de veinte años que no despertaba y cuya segunda frase incluía la palabra entierro. Inmediatamente cogimos el coche y durante las dos horas y pico de viaje hasta llegar al tanatorio la incredulidad, el estupor, el horror y las lágrimas incesantes fueron nuestros malhadados compañeros de viaje. Abrazar a mi amiga, su marido y su hija fue lo único que pude hacer porque era incapaz de articular ninguna palabra. Asistí estupefacta al relato de los hechos que se resumían en que Diego se había acostado el día 22 por la noche y al ir a despertarlo por la mañana ya estaba muerto, rígido incluso. La autopsia había concluido con el resultado de muerte natural (¿¡natural!? ¿cómo va a ser natural que un chico de veinte años se muera?) muerte súbita, sin rastro de tóxicos ni lesiones cardiacas ni de otro tipo.

Así. Sin más. Todos los padres del mundo que nos sentimos aliviados cada vez que llegan a casa nuestros hijos y damos la vuelta a la llave en la seguridad de que, por hoy, ya nada malo puede pasar..., qué absurdo. Es tan irracional que los padres sobrevivan a los hijos, es tan brutal, es tan cruel que cualquier cosa que puedas pensar deja de tener sentido.

Van pasando los días pero la sensación de irrealidad sigue flotando dentro de mi cabeza cuando no es pasto de las lágrimas que afloran como alivio. Veo a Diego de pequeño, de mayor, jugando con mi hijo pequeño..., y veo a mi amiga que tiene que seguir con su vida. Y me derrumbo una vez más.



Y no puedo dejar de añadir el comentario que hizo una señora muy mayor que venía caminando ayudada de un bastón por el pasillo central de la parroquia a la que cedí el asiento. Ella me preguntó que si sabía por qué había tanta gente y yo le dije que era por el funeral de un chico de veinte años. Y ella, que no le conocía de nada, respondió que qué hacía ella aún aquí con noventa y nueve años.

El orden de las cosas.